viernes, 12 de septiembre de 2008

"Anahí"

Está comenzando a amanecer. Por la ventana del altillo de ésta pensión comienzo a distinguir los contornos de Katmandú. A lo lejos se escuchan los rezos de un grupo de hombres y mujeres, mezclado con el traqueteo de los carros que se dirigen a la feria. Anahí duerme a mi lado, libre de culpa y cargo. De pronto una sensación de extrañeza me invade. ¿Qué hago aquí? ¿Cómo fue que llegué aquí?
Poco tiene que ver, este lugar, con el que me vio nacer. Allá por buenos aires, en un departamento oscuro de barrio Norte. Una sombra dentro de una cueva. Las ventanas de la casa permanecían cerradas y el aire se tornaba espeso. La vida era, para mí, muy aburrida y poco interesante en Buenos Aires.
En Katmandú encontré lo opuesto a la cadencia lenta y previsible de mi ciudad. Admito que no hacia falta irme tan lejos para encontrar algo interesante en mi vida; sin embargo, algo en mí me impulsaba a escapar muy lejos, a un lugar donde encontrara un sentido a mis acciones, aquél que me alejara de una vida desprovista de riesgos.
La primera vez que me hablaron de Katmandú fue en un viaje por la patagonia. Allí conocí a Camilo. Fue él quien me aguijoneó la idea en la cabeza para venir aquí. –“Es una fija que nos va a cambiar la vida” -me decía con entusiasmo –“es un lugar increíble, con gente solidaria y además muy apropiado para vender artesanías” –argumentaba no sin razón. El turismo aquí es feroz y muy gastador. De modo que seducidos por la idea, comenzamos a planificar el viaje a la ciudad donde hay más templos que buzones. Llegamos hace cosa de 9 meses, pero a mi me parece que hace más, mucho más. Él se volvió hace tres. Yo ya había conocido a Anahí.
Anahí llegó a estas tierras hace tres años. Arrastrada por el viento quizás, Había rumbeado por muchos lugares; pero la posibilidad certera de vivir como ella deseaba se hacía realidad aquí. Nadie en su ciudad natal sabe con certeza dónde está. – “Mejor no recordar mi pasado”, -dice misteriosa cuando se la interpela sobre su vida anterior a Katmandú. Se la ve muy arraigada a esta ciudad y al estilo de vida de aquí. De movida adoptó la religión budista. Todas las mañanas camina por las calles de piedra, junto a otras mujeres budistas. En sus manos portan pétalos de rosas. Se dirigen al río sagrado y arrojan los pétalos a sus corrientes. Entonces Dios responde la ofrenda en forma de lluvias que protegen al río de la tan temida sequía. A mí me gusta verla caminar con ridícula felicidad hacia el río, como si fuera una niña yendo al altar en su primera comunión.
La vi por primera vez en el mercado y enseguida me di cuenta que era argentina. Recuerdo que le pregunté a qué se dedicaba –Soy actriz y Katmandú es mi teatro –me dijo, mientras se daba los últimos retoques del maquillaje que la convertiría en estatua viviente. Me hablaba sin sacar su mirada del espejo de mano, mientras la gente comenzaba a rodearla. Entonces me quedé admirándola como lo que era: una verdadera obra de arte. Era realmente asombroso ver ese espectáculo: Anahí caracterizada como una estatua de la esposa de buda “yasodhara”. Era difícil reconocer sus rasgos bajo esa caracterización. Parada sobre la tarima tomaba un aura extraña como si algo sagrado la recubriera, como si fuera posible detener el devenir del mundo en ese instante. Sus ojos permanecían cerrados, todo su cuerpo quieto aunque sin tensión; sin embargo hasta sus dedos largos y suntuosos, suspendidos en el aire, obligaban a la brisa a desviar su camino. De repente tuve la sensación de que su corazón no latía; pero cuando alguna moneda caía en su valija hacía una leve reverencia a su benefactor. Ahí me tranquilizaba y me convencía de que estaba viva. De que era real! Inútilmente rastreaba en su cuerpo algún nervio en movimiento que viniera a poner un poco de vida a su cuerpo inmóvil. Con el tiempo descubrí que una vez desarmada la estatua, Anahí, vuelve a su desfachatez habitual, a su mediocridad sin culpas, a su devenir de ave sin rumbo, a su impulso natural, el cual la guía según su capricho. No hay nada, ni nadie que pudiera explicar mejor Anahí que Katmandú. Ciudad sin dueño, sin espacio ni tiempo, tan hermosa, llena de contradicciones, de lugares fantásticos y ruinosos a la vez, consagrados a la espiritualidad intuitiva y la primaria subsistencia. Katmandú y Anahi han sido, desde el primer día, una cosa difícil de separar.
Pero esta mañana desperté con un vacío extraño. Una sensación de estar viviendo una ficción. Así me siento, como viviendo una irrealidad. Sosteniendo una fantasía que no conduce a nada. Parece que la insatisfacción me persigue más allá de las fronteras de mi ciudad. Ahora es la fantasía la que no me deja vivir. Lo que antes era la realidad; ahora es la ficción. Lo que antes era la oscuridad; ahora es la luz. Esta luz que me desvela y me susurra preguntas por las noches de Katmandú.
Dónde estoy? dónde voy?. Me preguntaba mientras afuera ya se escuchaban los carros de los feriantes contra el ripio. Un día más comenzaba en Katmandú, luego de una noche en vela.
Ella se despertó, se vistió, acudió al templo y luego al río. Por la tarde nos encontramos en el mercado. Allí Anahí estaba entretenida, trenzaba el pelo de una niña de ojos negros. Sonreía y bromeaba con ella. Yo la observaba sin que se diera cuenta. El mercado estaba repleto de gente de todas las partes del mundo. Algunos comerciantes comenzaban a guardar sus productos en los carros; mientras que otros, se quedaban aprovechando un contingente de españoles ávidos de recuerdos del lugar. Una dama con turbante cargaba dos niños en su cuerpo y un bulto de sedas de la mejor calidad a precios imposibles de rechazar; dos hombres discutían el valor de una vasija; un anciano, sentado sobre el vértice del mercado no paraba de rezar. Tenía la piel surcada por los años, los pies desnudos y una barba suntuosa. Vestía con ropa blanca y un pañuelo le enrollaba la cabeza. La sensación de extrañeza me invadía. Miré a Anahí y le dije:
- voy a comprar algo para comer
- Pero si hay comida -me respondió Anahí sin dejar de trenzar el pelo de la niña -¿para qué querés más? Me dijo
-Para mañana. Le contesté
-¿Mañana? ¿Desde cuándo pensás en mañana?
Salí sin responderle. Anahí me miraba mientras me alejaba en dirección al río.
Sentado en la orilla del río de Katmandú, veo caer lentamente el sol en el horizonte. Anahí sabe donde estoy. Debe estar por venir. Creo que ella lo presiente. Hace algunos días le insinué que quería volver y me dijo que ella no existiría en Buenos Aires. Con eso me dijo todo. Ella no vendrá conmigo. Tampoco puedo exigirle eso. Nos conocimos acá en un lugar fantástico y no puedo construir una relación en la fantasía de Katmandú. A ella le resulta fácil porque se mueve con la soltura de un pájaro en el aire. Yo soy un animal terrestre con los prejuicios típicos de un clase media urbano. Tiene razón cuando dice que ella en Buenos Aires no existiría. Quién sabe si su amor en mi ciudad existiría. Ya la distingo a lo lejos.
Llegó y se sentó al lado mío. Respiró profundo y mirando el suelo me dijo:
- “Esta bien Juan si eso es lo que querés. Sabía que este día iba a llegar tarde o temprano. Yo puedo seguir sin vos como lo hice antes de que llegaras. Estoy acostumbrada a las pérdidas y además lo estaba esperando”.
- No quiero volver solo, le dije, buscando una sonrisa; pero me miró y me dijo: -“Vos sabes que eso sería una decisión equivocada. Yo ya estoy ligada a esta ciudad. Dejémoslo así que está bien”. Entonces le dije: - Supongo que si no querés volver conmigo tendrás tus razones. - Está bien.
Luego de eso no recuerdo cuanto más estuvimos sin hablar, sentados uno al lado del otro frente al río sagrado. Sólo recuerdo que le besé la frente y me despedí. Caminé cierta distancia hasta que volví la cabeza a ella. A lo lejos, la vi sentada a orilla del río. Vi el reverbor que la iluminaba. Vi que su cuerpo se encorvaba sin moverse. La vi volverse piedra. La vi convertirse en estatua. Una vez más, como cada uno de aquellos días en la feria, donde la veía petrificarse en el aire. Sólo que ahora estaba desnuda y poco a poco se convertía en piedra. Entonces rodaba hacia el río, sorteando todo lo que se le ponía por delante, cayendo y girando, con sus ojos cerrados. Corrí a abrazarla y alcancé a tomarle una mano. No la soltaba, pero poco a poco una fuerza la iba hundiendo hasta el fondo del río, alejándola inexorablemente de mí, a lo profundo de aquel río de donde ahora, ascendían cientos de pétalos rojos a la superficie. Inmediatamente comenzó a llover. Una gota de lluvia cayó en mi frente y me recorrió el ceño, la nariz, para morir en mi boca. Los ciudadanos se acercaron en manadas a la orilla para agradecer a Dios por la lluvia.
Allí me quedé, cubierto de agua, viendo como las perlas estallaban contra el río sagrado.

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