jueves, 18 de septiembre de 2008

LO QUE EL AMOR PROHIBE, O NO.



Esta historia transcurre en el antiguo pueblo de Montecarlo, al oeste de Inglaterra.
En esta ciudad, como en todas, existe la iglesia a la que concurre todo el pueblo cada domingo a participar de la santa misa. Y es precisamente en esta Iglesia, en donde conoceremos al personaje principal de este cuento.
Para eso, nos situaremos en el altar de Iglesia.

El viejo Párroco Juan está leyendo una lectura. Cerca, un joven sacerdote con cierto nerviosismo lo observa sentado en silencio.

El viejo párroco concluye
-“El Amor es paciente, es servicial… todo lo cree, todo lo soporta”. Y hablando de amor, les quiero presentar al nuevo sacerdote de la comunidad. Recién egresado del Seminario de Córdoba que, en su primer destino, tuvo la suerte de volver a sus pagos. Es el Padre Marcos.

El joven sacerdote, impecable de pies a cabeza, se pone de pie. Se acerca al atril y comienza a hablar.

-¿Cómo están? Como les dijo el párroco, soy nuevo. Pero en el oficio, no en el pueblo: justamente en esta Iglesia, tomé tan importante decisión de ingresar al Seminario Mayor, 9 años atrás. Indudablemente y por lejos, la bisagra de mi vida.
Vivir es, precisamente, honrar al amor. Hay tantas maneras de morir día tras día que nos aflige más cuidarnos que entregarnos… Y no hay que olvidar que quien mezquine su vida, la perderá.

Se siente emoción en su voz.

El acto de entrega debe ser total y no estoy hablando sólo de esta profesión, sino en la vida toda, en lo cotidiano, a la pareja, a los alumnos, a los vecinos. Porque en eso consiste vivir. En ser capaz de valorar todo lo pequeño y lo grande que nuestro Padre ha puesto en nuestro camino, incluso los obstáculos, que están para probarnos y purificarnos, como el fuego al oro prueba.

El sacerdote joven, siempre con su atuendo de cura, entra a un negocio de telefonía celular en el centro del pueblo. Allí, se encuentra con una joven mujer que está de espaldas a la puerta, acomodando cajas.

-Hola. Estoy buscando un pequeño teléfono. ¿Estoy en el lugar correcto? –dice él, simpático.
-¡Claro! -dándose vuelta, la mujer interrumpe la última palabra y la termina susurrando, sorprendida por la persona a la que ve.

En ese mismo instante, un segundo se convirtió en años, pero en años pasados. Entre extrañado y sorprendido el joven sacerdote, no hace más que decir un nombre.
-¿Lucrecia?-
-¡Marcos! ¿De verdad sos vos? ¡Que cambiado estás! ¿Hace cuánto llegaste?
-Hace tres días, pasa que estuve acomodando mis cosas y ultimando detalles para la fiesta patronal. Sólo nos quedan dos semanas y...
-¿Te mandaron a esta comunidad? ¿Cómo hiciste?
-Pasa que terminé con el mejor promedio de mi promoción y el director me dio a elegir el lugar de destino de mi misión… Pero vayamos a lo nuestro. Tengo algunas cosas que atender en la Parroquia…
-No hay problemas, “Padre” –con tono irónico-. ¿Qué tiene en mente?

El sacerdote compra sin dar muchas vueltas un pequeño celular, el más modesto. Al terminar con su compra, se despide rápidamente, como tratando de escapar de esa situación algo incómoda. Seguramente más adelante, con el pasar de las palabras, entenderemos el porque.
Pero ahora, volveremos por un rato a la Iglesia. Al mismo altar del cual les hablé hace un rato.

Ahora, el Párroco hace la bendición final. El joven Sacerdote desarma la mesa y acomoda, detrás del atril, las cosas que se usaron.

Pero algo raro pasa este día, Marcos lo siente, algo dando vueltas en el aire.
Era ella. Se acerca Lucrecia, a sus espaldas. Él se sorprende y no puede disimular sus nervios.

-Vengo a invitarte a cenar, pero no te aflijas… Es con mi familia.
Marcos trató con un “no, estoy atrasado con la fiesta patronal” y otras historias, y después de buscar inútilmente una excusa que convenza a Lucrecia, terminó accediendo a esta invitación. Entonces, más distendidos, conversan de cosas varias. Se nota compañerismo entre ambos. Una vez convenidos horario y día para la cena, Lucrecia se despide.

-Nos vemos mañana ¡Ah! Por cierto, lindo sermón el de hoy…

En ese mismo momento entra el Párroco en esta escena. Éste, que tiene años de sabiduría y vida recorrida, lo nota distinto al Padre Marcos. Pero para tratar de romper el hielo, le pregunta:

-¿Llevaste las cosas de la Capilla San Pablo? Recién me llamaron para…

Marcos, interrumpiendo le contesta -Sí, ya está. ¿Puedo conversar con usted?
-Seguro. Nos debemos una charla. No conversamos desde que llegaste.

Cada vez estamos más cerca de saber que pasó entre Lucrecia y él.
El párroco y Marcos se sientan en el costado del altar.

-Capaz suene a confesión y, en parte, lo es. Como sabrá, yo me fui muy joven de aquí… Y dejé un par de cosas inconclusas. Cabos que, a cientos de kilómetros, creí atar.
-Por eso nos preparamos en el Seminario. Pero recién afuera nos enfrentamos con la verdad…
-¿A usted le pasó?
-¿Dudar? A menudo… Pero cada uno debe lidiar con sus fantasmas, sin que eso suene a espiritista… -Juan le apoya una mano en el hombro a Marcos, en señal de comprensión-. Lo importante es purificarse en ese fuego, como dijiste en tu primer sermón, el domingo pasado.

Aquí encontramos una dificultad, Marcos, tiene miedo.

-Me siento incapaz de tomar la decisión correcta.
-Ya lo sabrás, ahora sólo dale el lugar que se merece al tiempo. Como siempre, se abren dos caminos: el camino ancho o el angosto. O dejas que pasen solas las cosas o te tiras a la pileta. Lo que sea, lo tenés que elegir.

Esta charla, muy parecida a una confesión, logró alivianar un poco a nuestro joven sacerdote confundido. Entre Juan y él, existía una linda y sana relación, a la que Marcos valoraba mucho, como también a las sabias palabras de su amigo. Era uno de esos instantes en los que uno se abre a la persona indicada, y ésta, responde con las palabras justas en el momento justo.

Pero no nos podemos olvidar de la invitación. Esa cena a la que Marcos terminó accediendo. Había llegado el día.

La casa de Lucrecia era cercana a la Iglesia, unas once cuadras de distancia. Era un hogar muy cómodo, tranquilo, familiar. La mamá de ella está contenta con la visita de Marcos, y preparó una rica cena para recibirlo. La mesa ya está servida.

Fueron las once cuadras más largas de la vida para el Padre Marcos. Fue en bici, pero a la cuadra decidió caminar. Parecía que sus pensamientos pesaban en casa paso que daba. Finalmente, llegó hasta la puerta. Toca timbre.
Como en toda casa, las mujeres arman alboroto cuando escuchan llegar al tan esperado invitado, y mandan al hombre de la casa, el padre de Lucrecia, a atender.

Marcos, estaba de civil.

-En serio estás distinto, me lo había dicho mi hija, pero no creí que era para tanto.
-Si, el tiempo cambia a los hombres. Pero lo importante es cambiar para bien…

En eso, viene desde la cocina a los gritos y saltos, la madre.
-¡Marquitos! Estás mas gordito, pero te queda bien. Vení y contame que tal marchan tus cosas mientras comemos… Hice pascualina. ¿Te sigue gustando, no?
Como un niño, el joven sacerdote asiente con la cabeza.

-Mamá, no acoses a Marcos. Ya es un hombre y, además, un cura…

Una vez en la mesa las conversaciones variadas vienen, van y vuelven a venir. Al igual que la pascualina, y después llegaría el turno del postre. Y asi va pasando el tiempo y la noche.
Hasta esos momentos estaba todo bien, todo en su lugar, tranquilo, todos pasando un lindo momento, reencontrándose, contando anécdotas varias, el clima era el ideal. Pero Lucrecia y Marcos sabían en su interior que debería llegar el momento de quedar solos y encontrarse…Pero esta vez, de verdad. Y ese momento llegó, cuando terminó la velada familiar, una vez que se despidieron todos hasta un nuevo encuentro, Lucrecia decide acompañar a Marcos.

Van los dos, caminando por una vereda. Él, con su bicicleta en la mano; ella, mirando las estrellas, que esa noche, parecían brillar más que nunca en el cielo de Montecarlo.

-Cuando te fuiste, pensé que tu ausencia alcanzaría para borrarte de mí, eso pensaba. Con el tiempo me dije que no y después que no y que sí y que no. Y así pasé tanto tiempo pensando en no pensarte que, sin darme cuenta, pensaba todo el tiempo en vos.
No te lo estoy reprochando. Te lo estoy confesando. Sos un sacerdote, ¿no?

Marcos, totalmente paralizado por las palabras que escuchaba le dice a su compañera que esas no eran cuestiones que él podía ni debía atender…Actitud que logra incomodar a Lucrecia que decide saludarlo, dando media vuelta, y se alejó de regreso hacia su casa.-

El sacerdote queda sentado en su bicicleta, mirando el piso. Agarrando el crucifijo que llevaba debajo de la camisa. De pronto comienza a llorar, y entre tanto sentimiento saltando en su interior, se acuesta en el piso bajo un árbol y se duerme, entre lágrimas y sentimientos.
Cuando se despertó, ya más despejado, regresó a su parroquia. Y ya desayunando, conversan con el Párroco sobre la fiesta patronal. No tocan lo que pasó a la noche. No quiere que Juan se entere, hace de cuenta que no pasó nada. Y hasta trata de convencerse a si mismo acerca de que esa noche no había pasado nada. Juan y Marcos se despiden hasta más tarde, había mucho que arreglar aún para la fiesta.

En ese momento queda el joven sentado, mirando fijamente un libro abierto que está sobre la mesa. Lo toma, lo abre al azar y lee en voz alta.

-“El Amor es tan superior, que nadie puede encerrarlo entre sus manos, sino que fluye y corre como el viento. Y sólo él decide dónde posarse. Y sólo él decide de dónde salir.”

Ese libro, en ese momento, en esa página, con esas palabras, en ese segundo de su vida, lo llevaron a tomar una decisión. En su expresión se nota que tomó una determinación. Reza agradeciendo eso.

Lucrecia, decide hablar con el párroco Juan y va a buscarlo. El Párroco que estaba llevando unas cajas para la fiesta patronal es interceptado por ella que sin dudarlo le propone tener un diálogo.

-Padre, necesito hablar con Usted. ¿Tiene tiempo? Es urgente.
-Hija, si de veras necesitas hablar, te escucho. Sólo dejame acomodar estas cosas -deja las cajas rápidamente sobre una mesita y se sientan.
-Padre, ¿cómo elegir a quien ya no amar?
-Hija, esa pregunta no deberías hacérmela a mí, vos tomate un tiempo para vos y pensalo. Date un tiempo. Es lo mejor que podes hacer en estas circunstancias. O en todo caso, hablalo con esa persona. No debe ser tan difícil, después de todo, el primer enemigo del amor no es el odio, sino el miedo.
Después de oír estas palabras, una sola cosa le importaba a Lucrecia.

-¿Dónde puedo encontrar a Marcos?
-¿El Padre Marcos? Se fue a Roma esta mañana. Tomó una de las decisiones más importantes de su vida.
-Gracias Padre. Espero no haber causado molestias. Hasta pronto.

Lucrecia se despide con una sensación de vacío, impotencia, bronca y, a los tres pasos, comienza a correr con desesperación hacia fuera, hacia algún lugar, sin saber a donde, ni porque, Lucrecia corría…
Y de tanto correr, empezó a disminuir la velocidad, y empezó a trotar, y después a caminar, cada vez con menos prisa.

Meses más tarde, todo era igual en Montecarlo, Lucrecia continúa trabajando en el negocio de celulares, ahora está escribiendo en un cuaderno. Pero algo no era igual, su mirada, Lucrecia ahora y desde hace un tiempo tiene su mirada triste.

Era un día miércoles, 24 de Junio, Lucrecia nunca se olvidará esa fecha, en la cual mientras estaba como todos los días cumpliendo con su rutina, empieza a escuchar a lo lejos y cada vez más cerca, un timbre de bicicleta. Y de golpe, al llegar a la puerta del negocio, Marcos tira su bicicleta y entra gritando al comercio.
-¡Lucrecia! ¡Lucrecia!

Al verse, se paralizan. Se acercan lentamente uno al otro. Se detienen a un brazo de distancia.

-Lucrecia, espero que no hayan sido tan eternos estos meses sin noticias para vos, como lo fueron para mí.
-Quizá fueron el doble para mí que para vos. Yo no aprendí a tener mesura como “ustedes”, los curas –con cierto tono irónico-. Lo que le había hecho Marcos había sido un golpe muy duro para ella, y ahora, tenerlo ahí le hacía recordar todo.
-¿A mis ex colegas decís?
-¿Ex? –sorprendida exclama ella-.
-Fui a Roma a pedir la excepción de las obligaciones sacerdotales. Decidí firmemente hacer del amor, parte de mi vida. Eso es una religión sumamente sagrada…
-¿Y en qué consiste ese estilo de vida que decidiste emprender?
-En amarte todos los días de lo que me queda de vida, si aceptas compartir la tuya conmigo también.

No existe palabra alguna capaz de expresar lo que le ocurría a Lucrecia por dentro. En ese momento Marcos le entrega una flor silvestre que tenía escondida en sus espaldas. Es el mejor momento de sus vidas, en el mejor lugar. Se abrazan y se besan. Como siempre o tal vez como nunca.

Finalmente, Marcos había tomado una decisión muy importante, quizá la más importante de su vida. Seguramente necesitó pasar por las otras instancias como para darse cuenta realmente de que su destino no estaría en un altar celebrando misas, sino en un negocio de celulares con Lucrecia…Su amada Lucrecia.


FIN



María Florencia Hernández

No hay comentarios: