domingo, 14 de septiembre de 2008

Situación con movimiento significante para el personaje de la foto

Finalmente el sueño se había cumplido. No sólo había llegado a ser piloto, sino que además era el creador de la nave que estaba a punto de comandar. Estaba todo listo, en unos minutos comenzaría el viaje, el recorrido sería desde La falda hasta San Carlos de Bariloche, todo había sido estudiado a la perfección: ruta aérea a seguir, pistas de aterrizajes intermedias que podrían encontrar ante cualquier inconveniente, era un viaje destinado al éxito.
Desde el comando de la base del aeroparque comenzaron la cuenta regresiva. El corazón del piloto se aceleraba cada vez más a medida que el conteo regresivo se acercaba al número menor, hasta que por fin se escucho el cero y el viaje pudo iniciarse.
Ya habían pasado dos horas o quizás un poco más de viaje, la tensión del personal abordo había disminuido notablemente, las computadoras marcaban el camino que debían seguir, así que sin más que controlar el normal funcionamiento de la maquinaria, el piloto y copiloto se dispusieron a tomar algo caliente. El copiloto se ofreció a cebar unos mates, que mejor que eso para celebrar la ocasión. Pero como no siempre todo se puede predecir, mientras el copiloto se proponía tomar el primer mate, para ver si estaba rico, se olvido de apoyar el termo. ¿Quién se iba a imaginar que el agua iba a estar demasiado caliente? ¿Quién iba a pensar que el copiloto iba a quemarse la boca? ¿Quién podría haber previsto que del dolor iba a torcer el termo, que casualmente se encontraba abierto? Pero más importante aún, ¿Se podría imaginar alguien que el agua se iba a derramar sobre la computadora del comando del avión? No, evidentemente nadie había previsto la posibilidad de tener un inconveniente como ese. De repente la alarma empieza a sonar, la sirena indicaba una falla en los comandos. Debido al agua caliente el vidrio del aparato destinado a guiar la ruta, independiente del comando electrónico se empañó. Por lo tanto el problema se hacía cada vez mayor. El piloto, que había diseñado la nave y por lo tanto poseía un conocimiento pleno de los elementos presentes en ella, se encontraba paralizado. Primero atinó a abrir el vidrio que se encontraba empañado, forzó la tapa, no encontró resultado. Cansado ya, intentó romper el vidrio, tampoco logró resultados positivos. El ruido se hacía cada vez más ensordecedor, había que acallarlo, desesperado el piloto se dispuso a revisar la maquinaria, afortunadamente este intento fue exitoso, logrando silenciar la alarma. Habiendo solucionado al menos el problema del ruido, el piloto trataba de pensar que es lo que podían hacer. Otras veinte personas se encontraban abordo, y él debía responder por sus vidas. Sus piernas se encontraban inquietas, se agarraba la cabeza, su expresión se volvía cada vez más tensa. Hasta que de un momento a otro se percató que de la base en tierra, no le habían dicho nada, por lo que probablemente no habían perdido su huella en el espacio aéreo. Dudando de utilizar el dispositivo comunicador, debido a que si su hipótesis era refutada, iba hallarse totalmente perdido, levanto el micrófono, sus movimientos eran casi imperceptibles debido a la lentitud con la que se disponía a usar aquel artefacto. Tomó aire, cerró los ojos y apretó el botón que iba a conducir a la solución o a la total desolación. Luego de unas décimas de segundos, una voz del otro lado se identificaba. Funcionaba. A partir de este hecho la suerte de los aviadores cambió. El problema fue explicado a la base, y ahora entre las instrucciones en tierra y la habilidad y pericia del piloto la nave iba a ser dirigida a la pista de aterrizaje más cercana.
Para tranquilidad de todos, la nave toco tierra sin mayores inconvenientes. Los pasajeros apenas supieron de la existencia del desperfecto, y el viaje a diferencia de lo que fue para sus tripulantes no pasó de ser uno más de los tantos que ya habían realizado.


Marcela Reidman

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