sábado, 20 de septiembre de 2008

Un encuentro de calma

Se baja del colectivo con lágrimas en sus ojos, es inútil secarlas porque ruedan por sus mejillas una y otra vez. Camina con la cabeza baja mientras carga una desilusión que se manifiesta con bronca y dolor. En la parada solitaria del otro colectivo que tiene que tomar, espera con impaciencia, solo quiere llegar a su almohada y sentir sus caricias. Entonces, una flor que nunca antes vio, se le aparece frente a sus ojos mojados que miran el suelo. La agarra con sorpresa, luego levanta la vista y lo ve a él, un chico un poco menos joven que ella, con los ojos más lindos que alguna vez notó. Sin dejar de mirarlo se le escapa una mueca de sonrisa débil que no la deja mostrar sus dientes. Siente que ese acaba de ser el detalle más lindo en el momento más justo.
Entonces, sin decir nada, el la invita a sentarse en el cordón de la vereda. Ella, algo incómoda con sus lágrimas que, por alguna razón ahora se hacen más intensas, se concentra en de dejar de llorar, pero no puede. El empieza a hablarle, y así, la atrapa con sus palabras, con su humildad, con su espontaneidad. El tiempo se para, la vida les muestra un encuentro especial. Mientras tanto, el la hace reír, no deja de regalarle una sensación que nunca antes la invadió, que sin darse cuenta hizo desaparecer sus lágrimas. Ella mira sus ojos, como hipnotizada, y ve en ellos, tan segura como si conociera esos ojos desde siempre, el reflejo de otra desilusión. Entonces, le pregunta porqué tenía la flor y el le cuenta que intentó usarla para calmar algo, pero que de nada sirvió. Entonces se miran, como si ambos sintieran lo mismo, después de todo es ella quien tiene la flor ahora, y quien se siente llena de calma, de paz, por un momento o tal vez para siempre. Pero ella siente que aquella flor no le transmitiría calma si él no la llevara consigo, si no fuera él quien se la diera, sino fuera su presencia la que acompaña esa flor. Y el siente que logró, sin esperarlo, algo que con otro alguien no pudo. Entonces, la cama lo invade a el también.
Viene el colectivo, ambos lo paran sin decir una palabra y se suben. Los dos bajan en la misma parada porque viven en el mismo barrio, aunque nunca antes se cruzaron, hasta hoy.

Romina Paolucci


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